.@FedeFiesta ::: #FIN_de_los_TIEMPOS: tener listo el #mapa de la #Utopía que sustituirá este #Apocalipsis…@contextualmx.

No #todos los #días el #mundo llega a su #fin, pero en estos #días de #pandemia (en donde ocurre más seguido de lo que quisiéramos), es importante #tener_listo el #mapa de la #utopía que sustituirá este #Apocalipsis.

En lo que va de este 2020, vemos —y sentimos— cómo el #mundo se nos #desmorona frente a nosotros. Tanto en su #condición_material para muchos, como en su #naturaleza_narrativa para #otros. Las condiciones de #desigualdad, la #indiferencia de los #grupos_de_poder y la #incompetencia —#real o #percibida— de nuestras #autoridades nos llenan de una #mezcla de #miedo, #desesperación, #ira o, en el peor de los casos, #apatía e #indiferencia.

Fleet Street Apocalypse’ de Stanley Donwood.

Utopía, como la concibió Thomas More, hace referencia a un “no-lugar”. Un espacio aislado, separado de nuestros mapas, tanto físicos como cognitivos. Para More, su país imaginado era una construcción racional sobre lo que en ese momento faltaba; una serie de carencias transformadas en deseo, una racionalización de la vida y la naturaleza humana en un punto histórico específico. La obra ha sido interpretada de muchas formas distintas, pero más allá de explorar la condición narrativa de esa utopía específica, me parece importante retomar el concepto de Utopía, en mayúscula, en un presente que se antoja más fácilmente distópico.

https://thefederalistpapers.org/ebooks/utopia-by-thomas-more

Lo anterior era una afirmación poco controversial incluso antes del advenimiento de una de las grandes pandemias de la historia. A través de nuestras necesidades o privilegios, cada quien ha experimentado, estoy seguro, una especie de disonancia existencial. Una inquietud que, queramos o no, nos ha llevado a pensar en nuestros miedos, anhelos y deseos (tanto en lo individual como en lo colectivo). Esto surge de lo que pudiéramos llamar una condición apocalíptica: la noción del fin del mundo siempre ha sido relacionada con visiones de destrucción espectacular, momentos singulares de catástrofes devastadoras y, por supuesto, extremadamente veloces y violentas. Sin embargo, la pandemia de covid-19 viene a dibujar de forma más clara otro tipo de fin de los tiempos, uno del cual no estamos del todo acostumbrados a interpretar.

En lo que va de este 2020, vemos —y sentimos— cómo el mundo se nos desmorona frente a nosotros. Tanto en su condición material para muchos, como en su naturaleza narrativa para otros. Las condiciones de desigualdad, la indiferencia de los grupos de poder y la incompetencia —real o percibida— de nuestras autoridades nos llenan de una mezcla de miedo, desesperación, ira o, en el peor de los casos, apatía e indiferencia. No estamos acostumbrados a observar o entender la violencia en su visión estructural, en sus ritmos lentos, en esa condición fluida e invisible que tiende a ir desgastando y erosionando poco a poco las paredes de nuestra realidad cotidiana. Esos ritmos de violencia operan de la misma manera que un cuerpo de agua moldeando enormes cañones con el paso del tiempo. Hoy, sin embargo, la mayoría asoma su rostro para enfrentar ese miedo y confusión, con la intención de atreverse nuevamente a desear, a recordar que al final la utopía es deseo.

De cierta manera la condición utópica y apocalíptica tienen mucho en común: ambas se relacionan con el fin de los tiempos.

El Apocalipsis lo hace en referencia al fin, no del mundo, pero de un mundo, al mundo de alguien (nuestro, de la humanidad, de algún grupo). La utopía opera de forma más abstracta: en un sentido, comienza donde ese otro mundo terminó, pero también aspira a un fin (al fin de la historia). En cualquier caso, ambas pueden convivir mutuamente pues, como mencionaba China Miéville en The Limits of Utopía, puede ser que simplemente estemos viviendo una utopía que no es nuestra, y por ello vivimos también en el Apocalipsis.

El gran reto de la concepción utópica es doble: por un lado, es necesario romper la inercia y enfrentar nuestra incapacidad de imaginar futuros distintos; pero también es entender que ese futuro, ese “no-lugar”, tiene que ser conceptualizado y entendido como un presente en potencia. En contraste, el Apocalipsis es mucho más efectivo, pues su concepto motiva constantemente a imaginar infinitos escenarios del fin de los tiempos. Es muy fácil visualizar los cientos de formas interesantes en las que se puede acabar el mundo, tanto el propio como el de los demás. Una pandemia lenta, moderadamente letal pero efectiva en desmoronar los mercados y el consumo, es una de tantas posibilidades.

La literatura y los mitos en los que estructuramos nuestra realidad están repletos de nociones apocalípticas. No hay límites para imaginar la forma en la que pudiéramos dejar de existir como civilización. Por otro lado, la utopía parece no poder entenderse más allá de una ilusión infantil de perfección, de orden, de racionalidad. Es decir, la concepción utópica opera siempre con presupuestos de lo que es posible dentro del esquema actual. Es un deseo, sí, pero racionalizado, reprimido por la esfera de lo que pensamos posible. Por ello, su panorama siempre se siente limitado, restringido e infantil. Es la esperanza muy leve de que un progreso histórico nos llevará al mejor de los mundos posibles partiendo de un presente en condiciones apocalípticas.

Úrsula K. Le Guin explica la noción de la utopía del Gran Inquisidor como referente de este concepto de futuro. En dicha utopía, su concepción racional es una estructuración del poder, un orden rígido y declarado como tal por alguna autoridad de facto. Es una jerarquización de la vida de acuerdo con la voluntad y deseo de una visión exclusiva y excluyente. Se estructura con base en la idea de progreso, del futuro (no existe ni habita el presente). Contrasta con otra posibilidad utópica: la que se configura de acuerdo con los procesos naturales de las partes que la conforman, aquella cuya estructura se oriente por esos mismos procesos y no al revés. En ese contraste, hablaríamos de una utopía irracional, de un organismo contra una máquina.

K. Le Guin contrasta estos opuestos y los refiere como utopías yin y yang, en referencia al símbolo dualista chino. Nos dice:

«La utopía ha sido yang. De una manera u otra, desde Platón en adelante, la utopía ha sido un gran viaje en motocicleta yang. Brillante, seco, claro, fuerte, firme, activo, agresivo, lineal, progresivo, creativo, expansivo, avanzado y caliente.»

— Úrsula K. Le Guin

Después describe cómo podría ser una utopía yin:

«Sería sombría, húmeda, oscura, débil, flexible, pasiva, participativa, circular, cíclica, pacífica, nutritiva, en retirada, en contracción, fría.»

— Úrsula K. Le Guin

El contraste lo hace, particularmente, mediante la descripción de Levi-Strauss sobre las sociedades “primitivas”, donde su objetivo principal radica en la autopreservación. Esta condición típica de cualquier organismo contrasta con el modo de las máquinas que cambian siempre hacia un estado futuro distinto para luego llegar a la estasis. En el primer caso, sin embargo, se trata de un proceso orgánico, rítmico, un proceso continuo cuyo fin es el proceso en sí mismo.

Tomando estos presupuestos de Le Guin, podemos, incluso, relacionar esa utopía yang con el mismo Apocalipsis. Pareciera que nuestro presente es al mismo tiempo utópico y apocalíptico. La concepción Fukuyamista del fin de la historia nos indica de forma paradójica que nos encontramos en la cúspide del progreso y que éste, a la vez, aun espera a la vuelta de la esquina. Que las condiciones precarias de nuestro presente son contingentes pero necesarias para aspirar a una perfección racional, una que puede ser alcanzada sólo mediante la singularidad tecnológica, el capitalismo tardío y sus valores neoliberales. Es casi como una justificación secular del sufrimiento actual, como una prueba para la gran venida de esa utopía tecnocrática que levante por igual a todos los barcos en el mar.

Ese telos racional ya no alcanza a esperanzar a la gran mayoría de nosotros. Esa dualidad utópico-apocalíptica solo puede entenderse con que nosotros vivimos el fin del mundo mientras un puñado de gente vive el paraíso en la Tierra dentro de la misma noción histórica de este presente. En ese sentido, nuestros miedos y carencias, claramente articuladas, tendrían que ser el punto de partida para imaginar un proyecto utópico yin. Uno que opere en un imaginario potencialmente infinito, pero siempre anclado al presente. Y que en ese contraste entre lo orgánico y lo mecánico, opte por estructurarse de forma rizomática desde el impulso libidinal de nuestros deseos colectivos, y no bajo la imaginación falsa del individuo racional que existe sólo como vehículo ideológico.

El ejercicio no es sencillo, pues la condición hegemónica presente complica el mismo acto de dibujar alternativas. Pero como todo proceso, es posible refinarlo mediante la práctica. Un buen punto de partida es imaginarnos como cartógrafos de territorios no explorados. Así como la Utopía de More se encontraba en una isla alejada de cualquier masa continental presente (pero claramente dibujada como posible), el deber de nuestro anhelo utópico es dibujar un mapa cognitivo que oriente nuestro accionar, no hacia un “no-lugar” asilado y desconectado del presente, sino hacia una península de potencial humano que enlace de forma dinámica la transición de nuestra cartografía actual hacia la imaginada.

Este objetivo, el de obtener un mapa cognitivo de un futuro político y social distinto, lo explicaba Jameson uniendo formulaciones de Kevin Lynch y Louis Althusser respecto a cómo, en el caso de Lynch, el mapa mental de una ciudad influye la forma en la que percibimos la colectividad social de su realidad espacial. Ese mapa mental de la ciudad en su condición física puede relacionarle con el mapa mental de la formulación misma de ideología en Althusser. Es decir, entendiendo a la ideología como una representación imaginaria de nuestra relación de sujetos con la existencia. Nuestra capacidad o incapacidad de “mapear” esas condiciones ideológicas nos permitirá o impedirá ubicarnos en la estructura social que, como en el caso de Lynch, servirá para posicionarnos de forma espacial en el accionar de la ciudad. De esto se deriva que ese mapa cognitivo como estética política sea elemento esencial de cualquier proyecto utópico.

Al final, el proyecto aquí es estético y de forma. En ese sentido puede ser construido desde la lógica del yin. Como un ejercicio de reconocimiento, interpretación e imaginación. Una actividad política de representación que, en la medida que nos permita observar con claridad el arreglo estructural de nuestros posicionamientos, nos ayude a ubicarnos en las direcciones deseadas. No todos los días el mundo llega a su fin, pero en estos días que ocurre más seguido de lo que quisiéramos, es importante tener listo el mapa de la utopía que sustituirá este Apocalipsis.

Contextual
Apocalipsis y Utopía
Federico Compeán
28 de junio 2020
https://contextual.mx/contenido/apocalipsis-y-utopa
Contextual MX es un espacio de resistencia frente a quienes concentran el poder político, económico y mediático. Desde Monterrey nos sumamos a la descentralización de esta discusión con una perspectiva local, atípica y contextual. Este es nuestro manifiesto.

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