.@pablohistorias : Pablo Ignacio Chacón #Antiguo_Perú_Blog: El GATO ESCONDIDO y el lagarto cortado.

Sobre la curiosa relación entre unos #geoglifos_milenarios, una #carretera del #siglo_XX y un #mirador del #siglo_XXI.

Durante la década de 1930, un grupo de ingenieros comisionados por el gobierno peruano tuvo que escoger la mejor ruta para construir el tramo de la carretera Panamericana que une, hasta hoy, las ciudades de Palpa y Nazca, en la costa sur del Perú. La vía debía ascender desde el valle de Ingenio hasta una meseta desértica, casi completamente plana, conocida como Pampa de San José o de Jumana y seguir, casi en línea recta, por más de 20 kilómetros al lado de los cerros. Luego descendería hasta el valle de Nazca. Lo que no sabían esos ingenieros es que construyeron su carretera sobre otro tipo de trazados.  Solo desde 1939, cuando la carretera ya estaba lista, se empezó a oír acerca de ciertos dibujos gigantes que había en el desierto. Precisamente ese año, Toribio Mejía Xespe, en una conferencia en el Congreso de Americanistas de Lima, expuso por primera vez la idea de que las extrañas formas geométricas, que los aviadores habían empezado a distinguir sobre el suelo de las pampas, debían ser caminos antiquísimos que merecían estudiarse y entenderse. El resto de la historia es conocida: vinieron otros investigadores para explorar el lugar, descubrir nuevas figuras, calcular su antigüedad (que hoy ciframos entre los 2400 y 1400 años), trazar, asombrados los primeros planos detallados de la pampa e intentar responder una pregunta que desde entonces resuena, obsesiva, entre los amantes de los engimas y del mundo antiguo: ¿por qué los agricultores de los valles cercanos construirían tantas figuras enormes en el desierto que solo podían apreciarse desde el aire? 

Cruzada

 Una de esas investigadoras, Maria Reiche, se entregó completamente al estudio de los geoglifos (al punto de quedarse vivir, por largas temporadas, en medio de la pampa deshabitada). Descubrió gran número de dibujos, los cartografió con extrema precisión, restauró algunos de ellos e intentó comprender la lógica matemática y astronómica que, según creía, los explicaba. También fue la primera en percatarse del pecado involuntario del asfalto. Fue al trazar el plano de un geoglifo de 140 metros de largo, que parecía representar a un lagarto y que fue, junto con muchas líneas rectas y trapecios gigantes, cortado en dos por la Panamericana. La figura del Lagarto es un buen símbolo de la violenta convivencia entre el mundo moderno y la herencia de nuestros antepasados

 Otros símbolo son las huellas de los vehículos motorizados que, hasta hace pocos años, han arrasado incontables geoglifos en las pampas que hay entre Nazca y Palpa (y eliminado toda posibilidad de conocerlos y estudiarlos). Si hoy hay más conciencia y preocupación sobre estos temas, quizá se lo debemos al trabajo de Reiche. Porque ella, en la década de 1950, cuando supo de los planes que tenían algunos terratenientes para realizar obras de irrigación en la pampa, inició una cruzada pública para divulgar la existencia -entonces aún desconocida por la mayoría de peruanos- de los antiquísimos diseños. Convocó a la prensa y persuadió a las autoridades de lo mucho que perderíamos si los planes de irrigación se llevaban a cabo. Al final, no solo logró abortar el proyecto sino generar un interé creciente en la conservación del patrimonio arqueológico. Y vio nacer un nuevo peligro para las líneas: turistas.

No es necesario construir una carretera para destruir los geoglifos de Nazca: bastan unas cuantas pisadas para que la impronta de tus zapatillas reemplacen a las patas del Perro o a las manos del Mono. Reiche alertó a las autoridades del riesgo y convenció al Estado de restringir -en el papel, porque en la práctica era imposible- el acceso a las líneas. El hecho de que las figuras fueran inapreciables desde el suelo no las salvaba por completo. El turismo empezó a practicarse también en avioneta. Se construyó un aeródromo en Nazca (que hoy lleva el nombre de la investigadora) de donde parten, hasta hoy, tours para apreciar las enormes figuras desde el aire. Pero si no tenías dinero para pagar un boleto y querías ver las líneas (sin transgredir los límites de la zona protegida), ¿qué podías hacer?

Un lugar para mirar

 Hasta hace 40 años solo te quedaba la opción de subir a un pequeño cerro que está junto a la carretera y tratar de distinguir algo desde ahí. Este fue el primer mirador natural de las pampa. Desde su cima pueden distinguirse con facilidad algunas figuras geométricas y trapecios, aunque no aquellos trazos que se iban volviendo los favoritos del público, es decir, las figuras de animales y plantas. Esa « necesidad » no cubierta le dio a Reiche una idea. ¿Qué tal si se construía un mirador artificial en otro sector de la pampa que ofrezca una vista más estimulante? 

  Ella pensaba en una estructura ligera a la que pudiera accederse por una escalera y que -lo más importante- pudiera levantarse junto a la carretera, evitando así que los visitantes se adentren en el frágil espacio arqueológico. Porque eso estaba ocurriendo con el cerro-mirador (que está a unos 250 metros de la vía). Reiche recordó entonces el malogrado Lagarto. Era un ubicación perfecta. Desde ahí, todos podrían apreciar las consecuencias de no cuidar las líneas y, también, apreciar dos figuras cercanas que se habían salvado casi de milagro: Las Manos y el Árbol. Maria pensó que bastaría que la plataforma de observación estuviera a unos diez metros sobre el suelo para que pueda tenerse una vista satisfactoria. Así que, con las autorizaciones correspondientes, puso en marcha el proyecto en la década de los 80. Pero, a pesar de las promesas de apoyo de las autoridades, ella misma tuvo que sufragar la mayor parte de los costos. Hay que decir que María nunca pensó en el mirador como un negocio: el acceso era gratuito. De ese modo logró democratizar el acceso de los visitantes a las figuras, pese a que por esos años la afluencia de público era reducida. Solo después de que la UNESCO incorporó a las líneas en la lista del patrimonio mundial, el Estado empezó a involucrarse activamente en la conservación de las líneas, iniciando el catastro arqueológico de la zona (que incluye otras pampas aledañas con geoglifos), asignando personal para la vigilancia (precaria, por cierto) de la pampa y… administrando las visitas y el mantenimiento  al mirador de Reiche, en el que, contra las intenciones de su artífice, se empezó a cobrar entrada.

Con el tiempo el mirador de Reiche (refaccionado varias veces) quedó corto. Solo podía resistir diez personas sobre la estructura y se alejaba de los estándares de seguridad del nuevo milenio. La necesidad de un punto de observación más grande y seguro y que no pusiera en riesgo el patrominio arqueológico, se volvió clamorosa. Finalmente, en febrero de 2020, luego de años de entrampamientos burocráticos, fue inaugurada una nueva plataforma ubicada en frente de la anterior. Tiene 20 metros de altura y permite la visita simultánea de 25 personas. 

El secreto del cerro mirador

Pero algo más importante ocurrió en el viejo mirador natural (el pequeño cerro que mencionamos más ariba). Durante las labores de mantenimiento y colocación de barandas, en abril de este mismo año, los arqueólogos que supervisaban las obras advirtieron que sobre la ladera sureste había unas líneas muy tenues que « no podían ser naturales » (en palabras del investigador Jhony Isla). Empezaron a tomar medidas, fotografías con drones desde diferentes ángulos y determinaron que había ahí un geoglifo casi borrado. Pusieron manos a la obra y restauraron la figura de lo que parece ser un gato de 37 metros de largo. Es sorprendente que hay sobrevivido pues, como dijimos, ese cerro lleva tantos años siendo recorrido por los visitantes que incluso el sendero por el que suben (por la cara noreste) es más nítido que cualquier otro geoglifo de la zona. 

Hay que recordar que cuando un geoglifo está en terreno llano puede durar siglos, gracias a la ausencia de lluvias en la región. Pero si está sobre una pendiente, las piedras de los contornos se van deslizando con el tiempo y el trazo se deforma o desparece. Eso es lo que había ocurrido con el Gato y con muchas de las figuras que se están descubriendo en las laderas de la zona.

Pero, si lo miramos bien, el diseño algo tosco de este gato, está muy lejos de la elegancia y proporción de las ya mencionadas figuras del Lagarto, las Manos o el Árbol (y de los aún más famosos geoglifos de la Araña, el Mono o el Colibrí). ¿Por qué? 

Líneas distintas, épocas distintas

Para empezar debemos entender que los geoglifos de Nazca y Palpa no se trazaron al mismo tiempo sino en diferentes momentos a lo largo de mil años (entre el 400 a.C. y el 600 d.C.) A cada « estilo » corresponde una época distinta. Al inicio del periodo Paracas (800 – 200 a.C.) los habitantes de la región hacían petroglifos (dibujos sobre roca) con formas naturalistas a la vera de los caminos. 

En algún momento a partir del año 400 a.C. trasladaron esos mismos diseños, pero amplificados, a las laderas de los cerros para que fueran visibles a grandes distancias. Es el caso del Gato (trazado en torno al 200 a.C.). Estos geoglifos de la cultura Paracas suelen ser sencillos y esquemáticos. En los últimos años, gracias al uso combinado de drones y técnicas de tratamiento informático de las fotografías aéres, varios equipos de arqueólogos (especialmente peruanos y japoneses) han logrado descubrir una gran cantidad en las pendientes de los cerros entre Nazca y Palpa.

Es recién durante el el periodo siguiente, (llamado Nazca y que va desde el año 1 al 600) que se empiezan a hacer dibujos sobre terrenos completamente llanos, no en el fondo de los valles sino en las áridas mesetas que los rodean. Estos geoglifos planos son de tres tipos: a) dibujos curvilíneos y muy estilizados, que representan animales (como el famoso mono), plantas y espirales, b) largas líneas rectas (el trazo más común) y c) trapecios gigantes. A diferencia de los geoglifos de las laderas, estos nuevos « geoglifos de las mesetas » no podían verse desde el suelo. Y es que no estaban hechos « para ser vistos »… sino para ser « usados ».

Los arqueólogos han encontrado evidencias de que funcionaron como sitios de reunión de grandes grupos de personas. Junto a varios trapecios de Palpa, por ejemplo, se han excavado estructuras de piedra (¿altares?)  en donde había cerámica nazca del periodo nazca, restos de alimentos (vegetales y peces) y un tipo de concha marina muy especial: El mullu (spondylus) que las antiguas culturas andinas usaban como ofrenda en sus actividades religiosas. No solo eso. Varios geoglifos planos tienen la superficie bien compactada, producto de que se haya caminado muchas veces sobre ellos.Y hay otras figuras que tienen claras huellas de haber sido remodeladas más de una vez. Todo esto apunta a que hubo una gran actividad humana en los geoglifos. Es, por decir lo menos, algo curioso y casi irracional. ¿Qué podían hacer estos grupos de personas (que sin duda vivían en los valles) tan lejos de sus vivendas, en una zona árida y sin ningún valor económico? Es uno de los muchos misterios no resueltos de las pampas. No vamos a hablar aquí de las muchas teorías (algunas coherentes, otras delirantes) que existen sobre el uso de estos geoglifos… salvo de una, que ya mencionamos y que en los últimos años va ganando cierto consenso entre los arqueólogos para explicar, al menos parcialmente, algunas características de los geoglifos planos. Fue la que Mejía Xespe sugirió en su conferencia de 1939: la de los caminos rituales.

El camino del Lagarto

Para explicarla, volvamos al primer mirador y detengámonos en la figuras que motivaron su construcción: el pobre reptil que la carretera partió por la mitad y sus vecinos, el Árbol y las Manos. ¿Qué tienen en común? Pues… que están formados por una sola línea. Una línea que nunca se cruza consigo misma ni se corta. El de las Manos es el caso más simple y evidente. El caso del Árbol es más interesante porque la misma línea forma las raíces, las hojas e incluso los detalles interiores del tronco. En el caso del Lagarto, cuyas patas desaparecieron, es fácil deducir que se siguió la misma lógica. Si estas líneas fueran un camino y tú tuvieras que recorrerlas, nunca pasarías por el mismo lugar dos veces, ni se interrumpiría tu viaje hasta que lo hayas completado. El ancho de los trazos varía entre los 40 y los 60 centímetros, lo suficiente para que sea cómodo caminar por el geoglifo sin salirse de la línea. Algo que, evidentemente, no se puede hacer hoy día pero que pudo ser el uso común hace 1600 años. Y adivina qué… Es lo mismo que pasa con las figuras del Mono y de la Araña, el Colibrí o la doble Espiral y, evidentemente, las líneas rectas más largas. Hay que decir que, esta idea, no puede « explicar » el uso de todas las líneas pero sí de muchas de las más conocidas.

  Se cree que las actividades realizadas en los trapecios congregaban grupos más numerosos de personas. ¿Que tipo de rituales eran? ¿Danzaban? ¿Hacían procesiones? ¿Y para qué? ¿Por qué tan lejos de las zonas habitadas? Los expertos coinciden en que solo conociendo mejor la vida de los constructores de geoglifos (las culturas Paracas y Nazca) podremos acercarnos a las respuestas. Aunque quizá nunca podamos contestarlas del todo.
En cualquier caso, la costumbre de trazar, remodelar y usar los geoglifos terminó después del año 600, cuando la cultura wari (originaria de la sierra de Ayacucho) se expandió a lo largo de la región de Ica y de buena parte del actual Perú. Los pueblos del desierto abandonaron entonces una tradición que había empezado mil años antes con figuras más sencillas… como la del Gato recientemente restaurado. No deja de ser curioso que esta figura, siendo el más nuevo miembro de la « familia » de geoglifos conocidos en los desiertos de Nazca, sea, también, uno de los más antiguos.

 Una última palabra sobre este novísimo dibujo: Puede que no posea las elegantes proporciones del Lagarto, del Colibrí o del Mono, pero tiene algo que ningún otro geoglifo del Antiguo Perú posee y que promete volverlo, en los próximos años, tan popular como aquellos. Y es que no tienes que abordar una avioneta para verlo. Ni siquiera subirte a un cerro o a un mirador metálico. Basta con que abras bien los ojos y le pidas al conductor del autobús en el que viajas, que dismimuya un poco la velocidad cuando pase por el kilómetro 426 de la Panamericana Sur. Después de habernos quitado tantos geoglifos, eso es lo mínimo que la carretera podía darnos. Pablo Ignacio Chacón, 2020

Fuentes

Bendezú de la Cruz, Eyne Omar: « Geoglifos Paracas Tardío en el Valle de El Ingenio Ica – Perú ». Universidad Nacional San Luis Gonzaga, 2014

Orefici, Giuseppe, Rosa Lasapaonara y otros: « The ancient Nazca world », 2016

Reiche, Maria: Secreto de la pampa. Sttugart, 1968-85.

Reindel, Markus; Isla, Johny; Lambers, Karsten: « Altares en el desierto : Las estructuras de piedra sobre los geoglifos Nasca en Palpa ». Publicado en: Arqueología y sociedad ; 17 (2006). – pp. 179-222.

Cobertura de prensa sobre el la noticia del descubrimiento en las agencias Andina, Reuters, diario El Comercio y TVPERU , que incluyen los testimonios del arquéologo Johny Isla.

Antiguo Perú Blog
Pablo Ignacio Chacón, 2020
El gato escondido y el lagarto cortado
octubre 22, 2020
http://www.antiguoperu.com/2020/10/el-gato-escondido-y-el-lagarto-cortado.html

Votre commentaire

Entrez vos coordonnées ci-dessous ou cliquez sur une icône pour vous connecter:

Logo WordPress.com

Vous commentez à l’aide de votre compte WordPress.com. Déconnexion /  Changer )

Image Twitter

Vous commentez à l’aide de votre compte Twitter. Déconnexion /  Changer )

Photo Facebook

Vous commentez à l’aide de votre compte Facebook. Déconnexion /  Changer )

Connexion à %s